LA HISTORIA
El Doctor Eric Pearl ha suscitado el interés de los médicos y de los investigadores más importantes en todo el mundo incluyendo a un hospital de los más importantes de los Estados Unidos, a un instituto de ayuda psicológica de primer nivel para las víctimas de catástrofes, a un centro de asistencia para las heridas en la columna vertebral y a una escuela de medicina universitaria. Fue invitado a hablar en Las Naciones Unidas. Ha presentado una audiencia que llenó el Madison Square Garden en la ciudad Nueva York, y sus seminarios han sido destacados en varias publicaciones incluyendo The New York Times.
Durante los años 1980 y 1990, Eric Pearl, poseedor de un doctorado en Quiropráctica en el Cleveland Chiropractic College de Los Angeles, dirigía uno de los centros más importantes en Quiropráctica en esta región. En el mes de Agosto de 1993, descubrió que poseía un “don” inusitado. Después de 12 años de práctica tradicional, se transformó repentinamente en un instrumento de curación de otro tipo: el canal a través del cual la sanación fluye. Un buen día en que sus pacientes comenzaron a explicar que sentían el tacto de sus manos sin que él los estuviera tocando. Durante los siguientes dos meses, las palmas de las manos del Dr. Pearl sangraron y desarrollaron ampollas sin causa aparente. Sus pacientes pronto manifestaron también haber visto ángeles y recibieron sanaciones milagrosas de enfermedades tan graves como: canceres, enfermedades relacionadas con el SIDA, Síndrome de Fatiga Crónica, defectos de nacimiento, Parálisis Cerebral y otras. Todo esto ocurría simplemente cuando Eric ponía sus manos cerca de ellos. Y sigue sucediendo hasta el día de hoy.
Gradualmente ha ido dejando la quiropráctica como tal, ya que sus actividades (seminarios y consultas) han transformado el instrumento de su “don”, a través del cual, ayuda a la gente con enfermedades de todo tipo como los tumores malignos, enfermedades relacionadas con el SIDA, el síndrome de la fatiga crónica, las malformaciones de nacimiento y la deformidad de los huesos.
Llamado también el “Quiropráctico de las Estrellas” ha adquirido el estatus de doctor brillante y muy popular. El hecho de haber estudiado con maestros como el Dr. Virgil Chrane y el Doctor Carl Cleveland, ha permitido que el Dr. Pearl sea uno de los pocos terapeutas, que a la quiropráctica tradicional le haya incorporado técnicas originales procedentes de una antigua tradición que ha resucitado del olvido.
Tanto a nivel informal como clínico, los pacientes (¡y los médicos!) han sido testigos de sanaciones que se producían cuando Eric colocaba simplemente sus manos cerca de ellos.
Las sanaciones de sus pacientes se han documentado en seis libros hasta la fecha, incluyendo su propio ejemplar internacional mejor vendido, conocido como La Reconexión: Sana Otros, Sánate a ti Mismo, pronto en su 27ª lengua.
En el, encontrará como descubrió su “Don”… Las nuevas frecuencias de energías terapéuticas descritas por Pearl transcienden cualquier técnica o método conocido hasta ahora. La Reconexión™ es el camino para reconectarte con tu frecuencia vibratoria autosanadora, con tu inteligencia superior. Desde 1993 hasta hoy los resultados obtenidos por el Dr. Pearl y sus colegas Reconectadores presentes en todo el mundo han sido sorprendentes...
Como llega Eric Pearl a La Reconexión®
Quizás sea necesario explicar que no sucedió exactamente de esa manera, pero es la sensación que experimento, excepto cuando alguien me da una explicación totalmente diferente, convincente y plausible del estilo: “¡Ah claro!” Puede exclamar una persona con buenas intenciones, incrédulo ante mi falta evidente de comprensión del funcionamiento del universo: “Seguramente, ha hecho eso en sus vidas pasadas”. Pero yo, lo que quiero saber, es ¿como pueden conocer mis vidas pasadas cuando yo no consigo apenas entender mi vida.
Seamos realistas, He estado unos doce años para poner en pie una de la más importantes, es decir, la más importante clínica de quiropráctica de Los Angeles. He tenido tres casas, un Mercedes, dos perros y dos gatos. Todo hubiera sido perfecto si hubiera sabido gestionar mejor mi dinero, mi consumo de alcohol y no poner fin a mi matrimonio después de seis años, hecho que me dejó incapaz de poner un pie delante del otro durante tres días. Pero el Prozac me ayudó mucho a remediar esto.
a presente?
Seis meses más tarde, me encontraba en Venice Beach, en California, con mi ayudante el cual, insistió para que me hiciera leer las cartas por una cartomántica en la playa. “No quiero que una cartomántica me lea las cartas en la playa” - contesté con absoluta convicción. “Si esta cartomántica fuera realmente competente, la gente iría a su casa; no llevaría su mesa, su mantel, sus sillas y todo sus bártulos ridículos a una playa abarrotada de gente, con la esperanza de pescar a algunos clientes confiados para someterlos a su visión del futuro y menos aun esperar que la paguen por este privilegio.”
“Más tarde, mi ayudante y yo, nos encontramos en una fiesta de unos amigos y le dije que iríamos. “Se molestará si no le pedimos una lectura - me contestó y –añadió- que la señora ofrecía lecturas por 20$ y también por 10$. Mirando a mi ayudante a los ojos entendí que era inútil protestar. “De acuerdo” - refunfuñé, llevaba 10$ en la mano y sabía que era la mitad de lo que nos quedaba para la comida del mediodía. Caminé energicamente hacia la mujer, me senté en su silla plegable y le tendí mis 10$ pensando que ya tenía hambre.
A cambio de mi dinero, recibí una interpretación del presente aceptable y me gustó oír como me llamaba “Bubbelah” (diminutivo judío que significa “pequeño chico”). Cuando se iba me dijo: “A demás, ofrezco tratamientos personales que unen las líneas de los meridianos del cuerpo a la red energética del planeta, lo que nos vuelve a poner en contacto con las estrellas y los planetas”. Me comentó que como terapeuta era algo que necesitaba.” Y me aconsejó leer “el libro del conocimiento: las claves de Enoch”. Intrigado, le pedí cuanto costaría ese tratamiento. Me dijo: ”333 dólares” a lo cual contesté: “No gracias”
Es el estilo de “engaña bobos” contra el cual nos alertan constantemente en las noticias cada noche. Oía ya las noticias: “Hoy, en Venice Beach, una gitana judía arrebató 333$ a un incrédulo Quiropráctico...” Ya me imaginaba en una foto en un primer plano con el titular: ...tonto quiropráctico... “Lo persuadió para que le diera 150$ al mes de por vida para que lo iluminara para protegerse.” Me sentí totalmente humillado por haber podido pensarlo. Entonces, mi ayudante y yo dejamos la playa y concentramos nuestras energías en buscar comida para dos con tan solo 10$ en el bolsillo.
Hubiera podido ser el final de la historia con la cartomántica pero los caminos de la mente son inescrutables. No podía quitarme sus palabras de mi cabeza. Al mediodía, cogí los últimos minutos de una pausa para ir a la librería esotérica de la zona a hojear el capítulo 3 del Libro del conocimiento: las llaves de Enoch. La lección más importante que recibí ese día, fue que descubrí que si existe una obra escrita para no ser leída rápidamente tenía que ser aquella. Sin embargo, ya había leído bastante. Y lo que había leído, iba a obsesionarme hasta que me resignara a romper mi hucha y a llamar a esa mujer.
El tratamiento se daba en dos sesiones y en dos días de intervalo. El primer día le di el dinero y mientras me acostaba en una camilla, me decía a mí mismo que jamás había hecho algo tan tonto. ¿Cómo había podido dar 333$ a una perfecta desconocida para que dibujase líneas sobre mi cuerpo con sus dedos? Pensaba en todo lo que hubiera podido hacer con ese dinero, cuando repentinamente, tuve la inteligencia de reconocer, puesto que se lo había dado ya, que era mejor dejar de quejarme y prepararme para recibir lo que podía ocurrir. Entonces, me quedé tranquilo, listo y receptivo. No sentí nada, absolutamente nada. Al parecer, podía ser el único en la habitación en tener aquella certeza. Y como ya había pagado la segunda sesión, tanto daba volver el domingo para la segunda parte del tratamiento.
Esa noche, sucedió una cosa muy extraña. Hacia una hora que dormía cuando me despertó mi lámpara de noche (lámpara que tengo desde los diez años) la cual se encendió repentinamente. Cuando abrí los ojos, tuve la fuerte sensación que había alguien en la casa. Cargado de valentía con un cuchillo, un aerosol de pimienta y mi doberman, registré toda la casa. Nadie. Volví a la cama con la extraña sensación que no estaba solo, que alguien me observaba.
A primera vista, la segunda sesión empezó casi como la primera. Pero el parecido se terminó aquí. Mis piernas no estaban tranquilas. Tenían el síndrome de “las piernas locas” que pasa de vez en cuando en medio de la noche. Enseguida esa sensación de baile de San Vito se adueñó de mí; tenía escalofríos por todo el cuerpo. Me quedé acostado con dificultad. Aunque las ganas de levantarme fueran muy fuertes para quitarme esa sensación fuera de mis células, no me atreví a moverme. ¿Por qué? Porque había pagado 333$ y quería lo mío ¡esa era la razón! Un momento más tarde todo había terminado. Era un día caluroso del mes de agosto y en la habitación no había aire acondicionado. Estaba muerto de frío y los dientes me castañeaban mientras esa mujer se apresuraba a taparme con una manta. Me quedé así cinco minutos hasta que mi cuerpo volvió a recuperar su temperatura normal.
Había cambiado. Ignoraba lo que me había pasado y no hubiera podido explicarlo. Pero sabía que no era la misma persona que antes. No sé muy bien como, pero volví a mi coche y me fui hasta mi casa como si mi coche supiera el camino. No me acuerdo de nada del resto del día. Lo único que sé es que, al día siguiente, estaba en el trabajo y la odisea empezó.
Tenía la costumbre de pedir a mis clientes que se quedaran de 30 a 60 segundos en la camilla después del tratamiento para permitir que su cuerpo aceptara el nuevo alineamiento de las vértebras. Siete de los tratados ese lunes, se visitaban desde hacia 12 años en mi consulta y uno de ellos, una nueva clienta me preguntaron si había dado vueltas a la camilla mientras estaban acostados. Otros me preguntaron si alguien había entrado en la sala durante el tratamiento porque sintieron la presencia de varias personas de pie o andando alrededor de la camilla. Tres de ellos tuvieron la sensación de que alguien corría alrededor de la camilla y otros dos me confesaron que tuvieron la sensación que alguien volaba a su alrededor.
Durante mis doce años de quiropráctico, nadie me había contado algo parecido. Y lo curioso es que los siete me describieron el mismo fenómeno el mismo día. Ocurría algo extraño. Además de los comentarios de mis clientes, mis empleados también me dijeron: “Tiene un aspecto diferente. Su voz suena diferente. ¿Que le ha pasado durante el fin de semana?“ No iba a decírselo. “Oh, nada” contesté, preguntándome que había ocurrido durante el fin de semana.
Mis pacientes me comentaban que sabían con anticipación donde les iba a poner las manos. Las podían notar a unos centímetros de su cuerpo. Se dedicaban a adivinar donde les iba a colocar las manos. Pero cuando empezaron a curarse, las adivinanzas se acabaron. Al principio, los pequeños dolores desaparecían. Al parecer, los pacientes venían por la quiropráctica, entonces realizaba el tratamiento correspondiente, y después les pedía que se quedaran acostados y con los ojos cerrados hasta que les dijera de abrirlos. En esos instantes, aprovechaba para colocar mis manos por encima de su cuerpo. Cuando se levantaban, el dolor había desaparecido y querían saber lo que había hecho. Siempre les respondía: “Nada y no hable de esto a nadie” Era tan eficaz como confiar un secreto a alguien y pedirle que no lo contara a nadie.
La gente empezó a llegar de todas partes para las sesiones de curación. No entendía mucho lo que ocurría. Por supuesto, quería hablar con la cartomántica de Venice Beach. “Tiene que proceder de algo que está en usted. Quizás la experiencia de vida que tuvo después de la muerte de su madre, en el momento de su nacimiento, tiene algo que ver con eso”, dijo y añadió, “no conozco a nadie que haya reaccionado de esta manera. Es fascinante” Fascinante. Al parecer estas palabras querían decir que tenía que ir por mi cuenta.
A principios de octubre, aparecieron manifestaciones físicas de mi transformación. Una clienta sufría de una degeneración ósea de las rodillas severa, desde su infancia. Puse mis manos encima de su rodilla. Y cuando las quité, su rodilla estaba mejor pero mis manos estaban cubiertas de minúsculas ampollas que desaparecieron a las tres o cuatro horas. Este tipo de inflamaciones me ocurrieron varias veces. Cada vez que las tenía, todo el mundo en el edificio venía a verlo. (podía haber cobrado los derechos de entrada). Luego, un día, mi palma de la mano empezó a sangrar. No es broma. La sangre no salía como se ve en las películas religiosas o en los periódicos, a borbotones. Más bien, era como si hubiera una aguja clavada en mi mano. Pero igualmente era sangre. La gente de mi alrededor, me dijo que era seguramente una iniciación. “¿A qué?” pregunté. Y ¿Como lo sabían? ¿Por qué no lo sabía? ¿quién lo sabía?"
Autor: Dr. Eric Pearl, textos tomados de la web oficial y del libro La Reconexión®
Durante los años 1980 y 1990, Eric Pearl, poseedor de un doctorado en Quiropráctica en el Cleveland Chiropractic College de Los Angeles, dirigía uno de los centros más importantes en Quiropráctica en esta región. En el mes de Agosto de 1993, descubrió que poseía un “don” inusitado. Después de 12 años de práctica tradicional, se transformó repentinamente en un instrumento de curación de otro tipo: el canal a través del cual la sanación fluye. Un buen día en que sus pacientes comenzaron a explicar que sentían el tacto de sus manos sin que él los estuviera tocando. Durante los siguientes dos meses, las palmas de las manos del Dr. Pearl sangraron y desarrollaron ampollas sin causa aparente. Sus pacientes pronto manifestaron también haber visto ángeles y recibieron sanaciones milagrosas de enfermedades tan graves como: canceres, enfermedades relacionadas con el SIDA, Síndrome de Fatiga Crónica, defectos de nacimiento, Parálisis Cerebral y otras. Todo esto ocurría simplemente cuando Eric ponía sus manos cerca de ellos. Y sigue sucediendo hasta el día de hoy.
Gradualmente ha ido dejando la quiropráctica como tal, ya que sus actividades (seminarios y consultas) han transformado el instrumento de su “don”, a través del cual, ayuda a la gente con enfermedades de todo tipo como los tumores malignos, enfermedades relacionadas con el SIDA, el síndrome de la fatiga crónica, las malformaciones de nacimiento y la deformidad de los huesos.
Llamado también el “Quiropráctico de las Estrellas” ha adquirido el estatus de doctor brillante y muy popular. El hecho de haber estudiado con maestros como el Dr. Virgil Chrane y el Doctor Carl Cleveland, ha permitido que el Dr. Pearl sea uno de los pocos terapeutas, que a la quiropráctica tradicional le haya incorporado técnicas originales procedentes de una antigua tradición que ha resucitado del olvido.
Tanto a nivel informal como clínico, los pacientes (¡y los médicos!) han sido testigos de sanaciones que se producían cuando Eric colocaba simplemente sus manos cerca de ellos.
Las sanaciones de sus pacientes se han documentado en seis libros hasta la fecha, incluyendo su propio ejemplar internacional mejor vendido, conocido como La Reconexión: Sana Otros, Sánate a ti Mismo, pronto en su 27ª lengua.
En el, encontrará como descubrió su “Don”… Las nuevas frecuencias de energías terapéuticas descritas por Pearl transcienden cualquier técnica o método conocido hasta ahora. La Reconexión™ es el camino para reconectarte con tu frecuencia vibratoria autosanadora, con tu inteligencia superior. Desde 1993 hasta hoy los resultados obtenidos por el Dr. Pearl y sus colegas Reconectadores presentes en todo el mundo han sido sorprendentes...
Como llega Eric Pearl a La Reconexión®
Quizás sea necesario explicar que no sucedió exactamente de esa manera, pero es la sensación que experimento, excepto cuando alguien me da una explicación totalmente diferente, convincente y plausible del estilo: “¡Ah claro!” Puede exclamar una persona con buenas intenciones, incrédulo ante mi falta evidente de comprensión del funcionamiento del universo: “Seguramente, ha hecho eso en sus vidas pasadas”. Pero yo, lo que quiero saber, es ¿como pueden conocer mis vidas pasadas cuando yo no consigo apenas entender mi vida.
Seamos realistas, He estado unos doce años para poner en pie una de la más importantes, es decir, la más importante clínica de quiropráctica de Los Angeles. He tenido tres casas, un Mercedes, dos perros y dos gatos. Todo hubiera sido perfecto si hubiera sabido gestionar mejor mi dinero, mi consumo de alcohol y no poner fin a mi matrimonio después de seis años, hecho que me dejó incapaz de poner un pie delante del otro durante tres días. Pero el Prozac me ayudó mucho a remediar esto.
a presente?
Seis meses más tarde, me encontraba en Venice Beach, en California, con mi ayudante el cual, insistió para que me hiciera leer las cartas por una cartomántica en la playa. “No quiero que una cartomántica me lea las cartas en la playa” - contesté con absoluta convicción. “Si esta cartomántica fuera realmente competente, la gente iría a su casa; no llevaría su mesa, su mantel, sus sillas y todo sus bártulos ridículos a una playa abarrotada de gente, con la esperanza de pescar a algunos clientes confiados para someterlos a su visión del futuro y menos aun esperar que la paguen por este privilegio.”
“Más tarde, mi ayudante y yo, nos encontramos en una fiesta de unos amigos y le dije que iríamos. “Se molestará si no le pedimos una lectura - me contestó y –añadió- que la señora ofrecía lecturas por 20$ y también por 10$. Mirando a mi ayudante a los ojos entendí que era inútil protestar. “De acuerdo” - refunfuñé, llevaba 10$ en la mano y sabía que era la mitad de lo que nos quedaba para la comida del mediodía. Caminé energicamente hacia la mujer, me senté en su silla plegable y le tendí mis 10$ pensando que ya tenía hambre.
A cambio de mi dinero, recibí una interpretación del presente aceptable y me gustó oír como me llamaba “Bubbelah” (diminutivo judío que significa “pequeño chico”). Cuando se iba me dijo: “A demás, ofrezco tratamientos personales que unen las líneas de los meridianos del cuerpo a la red energética del planeta, lo que nos vuelve a poner en contacto con las estrellas y los planetas”. Me comentó que como terapeuta era algo que necesitaba.” Y me aconsejó leer “el libro del conocimiento: las claves de Enoch”. Intrigado, le pedí cuanto costaría ese tratamiento. Me dijo: ”333 dólares” a lo cual contesté: “No gracias”
Es el estilo de “engaña bobos” contra el cual nos alertan constantemente en las noticias cada noche. Oía ya las noticias: “Hoy, en Venice Beach, una gitana judía arrebató 333$ a un incrédulo Quiropráctico...” Ya me imaginaba en una foto en un primer plano con el titular: ...tonto quiropráctico... “Lo persuadió para que le diera 150$ al mes de por vida para que lo iluminara para protegerse.” Me sentí totalmente humillado por haber podido pensarlo. Entonces, mi ayudante y yo dejamos la playa y concentramos nuestras energías en buscar comida para dos con tan solo 10$ en el bolsillo.
Hubiera podido ser el final de la historia con la cartomántica pero los caminos de la mente son inescrutables. No podía quitarme sus palabras de mi cabeza. Al mediodía, cogí los últimos minutos de una pausa para ir a la librería esotérica de la zona a hojear el capítulo 3 del Libro del conocimiento: las llaves de Enoch. La lección más importante que recibí ese día, fue que descubrí que si existe una obra escrita para no ser leída rápidamente tenía que ser aquella. Sin embargo, ya había leído bastante. Y lo que había leído, iba a obsesionarme hasta que me resignara a romper mi hucha y a llamar a esa mujer.
El tratamiento se daba en dos sesiones y en dos días de intervalo. El primer día le di el dinero y mientras me acostaba en una camilla, me decía a mí mismo que jamás había hecho algo tan tonto. ¿Cómo había podido dar 333$ a una perfecta desconocida para que dibujase líneas sobre mi cuerpo con sus dedos? Pensaba en todo lo que hubiera podido hacer con ese dinero, cuando repentinamente, tuve la inteligencia de reconocer, puesto que se lo había dado ya, que era mejor dejar de quejarme y prepararme para recibir lo que podía ocurrir. Entonces, me quedé tranquilo, listo y receptivo. No sentí nada, absolutamente nada. Al parecer, podía ser el único en la habitación en tener aquella certeza. Y como ya había pagado la segunda sesión, tanto daba volver el domingo para la segunda parte del tratamiento.
Esa noche, sucedió una cosa muy extraña. Hacia una hora que dormía cuando me despertó mi lámpara de noche (lámpara que tengo desde los diez años) la cual se encendió repentinamente. Cuando abrí los ojos, tuve la fuerte sensación que había alguien en la casa. Cargado de valentía con un cuchillo, un aerosol de pimienta y mi doberman, registré toda la casa. Nadie. Volví a la cama con la extraña sensación que no estaba solo, que alguien me observaba.
A primera vista, la segunda sesión empezó casi como la primera. Pero el parecido se terminó aquí. Mis piernas no estaban tranquilas. Tenían el síndrome de “las piernas locas” que pasa de vez en cuando en medio de la noche. Enseguida esa sensación de baile de San Vito se adueñó de mí; tenía escalofríos por todo el cuerpo. Me quedé acostado con dificultad. Aunque las ganas de levantarme fueran muy fuertes para quitarme esa sensación fuera de mis células, no me atreví a moverme. ¿Por qué? Porque había pagado 333$ y quería lo mío ¡esa era la razón! Un momento más tarde todo había terminado. Era un día caluroso del mes de agosto y en la habitación no había aire acondicionado. Estaba muerto de frío y los dientes me castañeaban mientras esa mujer se apresuraba a taparme con una manta. Me quedé así cinco minutos hasta que mi cuerpo volvió a recuperar su temperatura normal.
Había cambiado. Ignoraba lo que me había pasado y no hubiera podido explicarlo. Pero sabía que no era la misma persona que antes. No sé muy bien como, pero volví a mi coche y me fui hasta mi casa como si mi coche supiera el camino. No me acuerdo de nada del resto del día. Lo único que sé es que, al día siguiente, estaba en el trabajo y la odisea empezó.
Tenía la costumbre de pedir a mis clientes que se quedaran de 30 a 60 segundos en la camilla después del tratamiento para permitir que su cuerpo aceptara el nuevo alineamiento de las vértebras. Siete de los tratados ese lunes, se visitaban desde hacia 12 años en mi consulta y uno de ellos, una nueva clienta me preguntaron si había dado vueltas a la camilla mientras estaban acostados. Otros me preguntaron si alguien había entrado en la sala durante el tratamiento porque sintieron la presencia de varias personas de pie o andando alrededor de la camilla. Tres de ellos tuvieron la sensación de que alguien corría alrededor de la camilla y otros dos me confesaron que tuvieron la sensación que alguien volaba a su alrededor.
Durante mis doce años de quiropráctico, nadie me había contado algo parecido. Y lo curioso es que los siete me describieron el mismo fenómeno el mismo día. Ocurría algo extraño. Además de los comentarios de mis clientes, mis empleados también me dijeron: “Tiene un aspecto diferente. Su voz suena diferente. ¿Que le ha pasado durante el fin de semana?“ No iba a decírselo. “Oh, nada” contesté, preguntándome que había ocurrido durante el fin de semana.
Mis pacientes me comentaban que sabían con anticipación donde les iba a poner las manos. Las podían notar a unos centímetros de su cuerpo. Se dedicaban a adivinar donde les iba a colocar las manos. Pero cuando empezaron a curarse, las adivinanzas se acabaron. Al principio, los pequeños dolores desaparecían. Al parecer, los pacientes venían por la quiropráctica, entonces realizaba el tratamiento correspondiente, y después les pedía que se quedaran acostados y con los ojos cerrados hasta que les dijera de abrirlos. En esos instantes, aprovechaba para colocar mis manos por encima de su cuerpo. Cuando se levantaban, el dolor había desaparecido y querían saber lo que había hecho. Siempre les respondía: “Nada y no hable de esto a nadie” Era tan eficaz como confiar un secreto a alguien y pedirle que no lo contara a nadie.
La gente empezó a llegar de todas partes para las sesiones de curación. No entendía mucho lo que ocurría. Por supuesto, quería hablar con la cartomántica de Venice Beach. “Tiene que proceder de algo que está en usted. Quizás la experiencia de vida que tuvo después de la muerte de su madre, en el momento de su nacimiento, tiene algo que ver con eso”, dijo y añadió, “no conozco a nadie que haya reaccionado de esta manera. Es fascinante” Fascinante. Al parecer estas palabras querían decir que tenía que ir por mi cuenta.
A principios de octubre, aparecieron manifestaciones físicas de mi transformación. Una clienta sufría de una degeneración ósea de las rodillas severa, desde su infancia. Puse mis manos encima de su rodilla. Y cuando las quité, su rodilla estaba mejor pero mis manos estaban cubiertas de minúsculas ampollas que desaparecieron a las tres o cuatro horas. Este tipo de inflamaciones me ocurrieron varias veces. Cada vez que las tenía, todo el mundo en el edificio venía a verlo. (podía haber cobrado los derechos de entrada). Luego, un día, mi palma de la mano empezó a sangrar. No es broma. La sangre no salía como se ve en las películas religiosas o en los periódicos, a borbotones. Más bien, era como si hubiera una aguja clavada en mi mano. Pero igualmente era sangre. La gente de mi alrededor, me dijo que era seguramente una iniciación. “¿A qué?” pregunté. Y ¿Como lo sabían? ¿Por qué no lo sabía? ¿quién lo sabía?"
Autor: Dr. Eric Pearl, textos tomados de la web oficial y del libro La Reconexión®

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